Rumbo al norte, a los límites de la ciudad. Era algo increíblemente exacto. La vereda, su traje, el maletín y su verdosa presencia, eran una sola imagen que se repetía, como en un encantamiento cotidiano.
Llamativo, sereno, parco y con la mirada puesta en el final de la calle. A esa altura la calle “Buenaventura” tiene un declive pronunciado.
Siempre lo observaba como desaparecía por el desnivel propio del suelo. Es decir mi juego era, seguirlo con la mirada hasta que el tipo desaparecía en el horizonte, como derretido en las baldosas...

Yo me sentaba todas las tardes, en la misma mesa del bar, con una visión privilegiada, que como en una película sin fin, me permitía contemplar este extraño habitante de la ciudad.
Luego, cumplido el ritual, terminaba mi cerveza, masticaba el ultimo maní y me iba a casa, pensando generalmente en el automatismo del caballero otoñal.
Al pagarle al mozo, pensaba irremediablemente lo mismo, que hombre raro con su maletín, solo y su escasa rutina.
Me reía y dejaba unas monedas en la mesa.
A las pocas calles ya me olvidaba del Sr. Verdoso.
Una tarde como tantas otras, al pagar la cuenta, escucho el dialogo de dos muchachos sentados en la vereda que decían... “este es el tipo raro, lo ves...”
Todas las tardes se sienta en la misma mesa, mira a la gente, paga, se sonríe, deja unas monedas y desaparece.
¡ Que rutinario y solitario... ¡
MentesSueltas







